Índice

Carta al Señor Director de La Opinión Nacional: Nueva York, 15 de octubre de 1881
Carta al
Señor Director de La Opinión Nacional: Nueva York, 29 de octubre de 1881
Carta al Señor Director de La Nación: Nueva York, Marzo 28 de 1884
Carta al Señor Director de La Nación: Nueva York, 6 de noviembre de 1884
Carta a La Nación. Buenos Aires, 9 de mayo de 1885
Carta al Señor Director de La Nación: Nueva York, Octubre 3 de 1886
Carta al Sr. Director de La Nación: Nueva York, Junio 1ro de 1888
Nuestra América México, 30 de enero de 1891

 

El Delegado

Nuestro héroe nacional, José Martí, fue el primer cubano en toda la historia de nuestra patria en recibir el honroso título de Delegado. Por supuesto fue para objetivos y fines diferentes de los que deben cumplir los actuales Delegados de los órganos locales del Poder Popular.

Al traer a estas páginas introductorias la figura de Martí en su función de Delegado del Partido Revolucionario Cubano, cargo para el que fue electo el 10 de Abril de 1892, lo hacemos no solo para enaltecer esa honrosa función, sino para llamar la atención sobre la vigencia que tiene en la actualidad muchos de los principios concebidos por nuestro Apóstol desde el siglo XIX para cargos electivos y representativos, tales como: rendición de cuenta, vinculación permanente con la población, participación de la población junto con el representante para la solución de los problemas, la revocación, el derecho a delegar y a dar opiniones sobre lo que hace el representante, valerse de los consejos y servicios de cuanta persona sea útil, obligación de honrar a la patria tanto con la conducta pública como privada, y la definición de que es el pueblo quien ejerce el verdadero poder y no el representante.

Para exponer detalladamente estas ideas citaremos las propias palabras de José Martí:

…”En noble comunicación, inspirada visiblemente en la mayor fuerza y desinterés del patriotismo, se sirve ese Cuerpo de Consejo confirmar en definitiva, por el cómputo de votos de todos los demás, mi elección de Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Y la obedezco y cumpliré con los deberes que me impone, seguro, y por esto sólo orgulloso, de que en el descargo de ellos nada podré hacer que supere al patriotismo previsor, sagaz y abnegado de los que me eligen…”

“…El voto de un pueblo entero, de todas las entidades constantes y visibles del pueblo cubano que puede emitir francamente su voz, es honra tal, que urge a quien lo recibe, limpia su corazón de las pasiones que lo pudieran perturbar, y agiganta, como por dispensación divina, las fuerzas juradas por sobre todas las obligaciones de la tierra, a la primera y fundamental de levantar al hombre casa segura y decorosa en el suelo independiente de la patria…”

“… Si fuera esta función de Delegado del Partido Revolucionario Cubano mera fantasmagoría y creación del papel, o corona hipócrita y visible de un edificio político artificial, construido con maña para el adelanto aparatoso, y la toma previa de puesto, de la persona ávida y soberbia; si fuera esta función de Delegado mera cabeza de una facción patriótica, erguida a pujo de voluntad o habilidad sobre otra facción visible y descontenta; si con esta autoridad de Delegado, sabiamente restringida a un plazo que impide abusar de ella, viniese la obligación funesta de prescindir del consejo y compañía de los servidores limpios y conspicuos de la revolución, sea cualquiera el lugar actual de sus servicios y residencia; si significase en modo alguno esta función de Delegado la exclusión premeditada y aviesa de cualquiera otra fuerza patriótica de salud y utilidad, o de reducción en beneficio personal del alma pública, ni los cubanos libres que conozco y amo la hubiesen imaginado y concedido, ni yo, en mi más ardiente fe republicana, la hubiera podido aceptar, porque no fuera entonces más que un delito político contra la libertad, contra la patria, contra América y contra los hombres…”

“…El oficio de Delegado con que mi pueblo libre me honra, porque arranca espontáneo de los cubanos todos que sin desviación ni tregua han venido luchando por redimir de su estado miserable a la patria descompuesta; porque nace de aquella democracia que consiste más en permitir a todos la expansión justa, que en aspirar sin medida; porque viene del deseo de construir la patria desde su raíz de modo que su independencia nominal sea efectiva y durable en virtud de los mismos medios con que se la conquiste…”

“…Es a mi juicio la obligación primera del Delegado del Partido Revolucionario Cubano solicitar el concurso de todos los que por su prestigio, su virtud y su inteligencia puedan contribuir a vigorizar la organización que no tiene por objeto el engrandecimiento, ni la victoria de unos cubanos sobre otros, sino la ordenación necesaria para fundar con todos los cubanos, con todos los habitantes honrados de la isla, sin miedo al sacrificio ni exceso innecesario de él, un pueblo equitativo y feliz…”

“…La delicadeza, variedad y empeño de los trabajos de la Delegación, habrán de permitir, y aun de imponer, el repartimiento de sus funciones; y llamaré sin temor, en busca de consejo y ayuda, al corazón de todos los que no hayan negado aún asilo en él a la virtud y a la patria…”

“…Todos los cubanos revolucionarios que contribuyan activamente a la revolución tienen derecho de delegar la autoridad revolucionaria que llevan en sí, en quien les parezca conveniente y de dar su opinión sobre el espíritu y los métodos de la obra a que contribuyen. Por eso los Estatutos reconocen a cada cubano revolucionario el derecho de elegir la persona que ha de representarlo en el Partido, derecho que ninguna otra organización revolucionaria le había concedido antes…”

“… Sin quitar al Delegado el derecho de valerse de los servicios y consejos de cuantas personas sean útiles y a veces indispensables al vigor y prestigio de la Revolución…”

“… Pero pudiera el Delegado tratar de usar en su beneficio, y como autoridad inherente de su persona, el poder que sólo tiene por encargo y delegación de su partido, -o conducir a éste durante el tiempo de su empleo por caminos contrarios a los que el Partido le fija, y desviarlo de sus fines. -Y por eso obligan los Estatutos al Delegado a mantener ante los Cuerpos de Consejo el estado de sus gestiones, responder a las preguntas que los Cuerpos de Consejo, y los Clubs aislados donde no haya éstos, tienen el derecho de hacerle, - a atender a las indicaciones de los Cuerpos de Consejo. Por eso, sujetando la autoridad necesaria al castigo de perderla si no se la ejerce para bien, mandan los Estatutos que el Delegado pueda ser depuesto por el voto unánime de los Cuerpos de Consejo. –Por eso se fija en el plazo brevísimo de un año la autoridad del Delegado”.

“…No tengo más derecho al dirigirme a los cubanos de Nueva York, que el del más humilde de ellos: amar bien a mi patria. Pero han llegado a mí rumores confusos de que en una reunión en Clarendon Hall, el 13 de este mes, se hicieron respecto a mis actos políticos algunas gestiones equivocadas, debidas sin duda a exceso de celo, o a desconocimiento involuntario de los hechos a que se referían”.

“…Mis compatriotas son mis dueños. Toda mi vida ha sido empleada y seguirá siéndola en su bien. Les debo cuenta de todos mis actos hasta de los más personales; todo hombre está obligado a honrar con su conducta privada, tanto como con la pública, a su patria”.

“…En la noche del jueves 25, desde las 7 ½ estaré en Clarendon Hall para responder a cuantos cargos se sirvan hacerme mis conciudadanos”.

José Martí


Nueva York, 15 de octubre de 1881

Señor Director de La Opinión Nacional:

“...Gemían en el Estado ambos partidos, el republicano y el democrático, bajo tercos y altivos soberanos. El ex senador Conkling, el orador académico y dominante, regía a su placer el partido republicano: el partido democrático era regido por un hombre de notable energía personal, de astucia poderosa y de excepcional capacidad para la intriga, por John Kelly. En las filas de los republicanos, como en las de los demócratas, surgió una generosa y prudente rebelión: aquellos, como partido que goza del poder, han devorado en sigilo: sus rencores, y ocultándolos en lo posible a la curiosidad pública; los demócratas, que por su largo alejamiento del mando no tienen hoy semejantes razones de cordura, han desplegado a los vientos sus banderas, y han luchado a la faz de la Nación. En uno y otro partido se habían creado corporaciones tenaces y absorbentes, encaminadas, antes que al triunfo de los ideales políticos, al logro y goce de los empleos públicos. Nueva York es un Estado dudoso, en el que a las veces triunfan los republicanos, y a las veces los demócratas. Estas corporaciones directoras, que solían venir a escandalosos tráficos para asegurarse mutuamente la victoria en las elecciones para determinados empleos, impedían que interviniesen en la dirección de los partidos de los hombres sanos y austeros, cuya pureza no hubiera permitido los usuales manejos, o cuya competencia se temía. Cada una de estas corporaciones obedece a un jefe; y del hombre de “boss” que se da a estos caudillos, hasta hoy omnipotentes e irresponsables, viene el nombre de “bossismo”, que pudiera traducirse por el nuestro de cacicazgo, aunque las organizaciones que lo producen, y las esferas de su actividad le dan carácter y acepción propios. El boss no consulta, ordena; el boss se irrita, riñe, concede, niega, expulsa; el boss ofrece empleos, adquiere concesiones a cambio de ellos, dispone de los votos y los dirige: tiene en su mano el éxito de la campaña para la elección del Presidente. Si la elección del Presidente que nombra su partido choca con sus simpatías personales, o con sus intereses en el Estado, lucha contra su partido, porque él ve preferentemente por su preponderancia en el Estado. Un boss es soberbio, como Conckling, y emplea sus personales atractivos y su influjo para hacer triunfar su política dominante, ruda y agresiva; otro boss es ambicioso, como Kelly, y dirige todos sus esfuerzos a ejercer una influencia incontrolable sobre las fuerzas electorales y la distribución de los empleos públicos en el Estado cuya política democrática dirige...”

José Martí


Nueva York, 29 de octubre de 1881

Señor Director de La Opinión Nacional:

Más en la política activa, andan colores de verano. Las palabras honradas no son habladas en vano; ni son vanas las vidas puras; ni es vana la muerte de un varón ilustre, que puso mano fuerte sobre los abusadores y corruptores, y ofreció el pecho a sus iras. Se quiere audazmente la realización de las reformas porque Garfield ha muerto. Así como hay espíritus evangélicos que gozan en dar en silencio, como las violetas humildes, su perfume a los hombres, así hay, refrenadas por la educación o por el miedo, satánicas manos dispuestas a matar.

Guiteau, un perpetuo vencido, tenía odio a todos los victoriosos. En sus rencores ardientes cayó la palabra de cólera de los que, con más fortuna y poder que él, se habían adueñado de los empleos y votos públicos, y granjeaban en ellos opulenta vida, y se revolvieron iracundos contra el hombre sano que quería volver a la nación, en manos ya de unos cuantos despreciados mercaderes, el uso de sí misma. De motivo político disfrazaron los corruptores el motivo de su cólera frenética, y su apetito de los bienes nacionales; y movieron la mano inquieta del ambicioso vulgar y torpe, y le dieron ocasión para asignase motivo político a su crimen. Siéntense en la nación, más que se dicen, estas graves cosas. Ansia de reforma y anhelo de dignificación, poseen a los ciudadanos “…. ¿Recuerdan los lectores de La Opinión Nacional la carta anterior de M. de Z?... Allí estaba descrito el boss odioso; el cabecilla de partido; el que prepara las elecciones, las tuerce, las aprovechas, las da a sus amigos, las niega a sus enemigos, las vende a sus adversarios; el que domina los cuerpos electorales; el que exige a los empleados dinero para llevar a cabo las elecciones que han de conservarlos en sus empleos; el que con la presión de un dedo en el resorte que mueve la máquina política, echa a andar a su voluntad, o detiene, o rompe las ruedas; el que impone al partido los .candidatos, que son siempre tenaces tenedores de ricos oficios, de los cuales les vienen in­fluencia y modos pecuniarios para asegurarse en elecciones nuevas la continuación del goce de los frutos públicos. ¿A qué votar, se iban diciendo ya los ciudadanos, si nuestro voto libre y aislado nada ha de poder contra el voto organizado del partido? Y los hombres buenos disgustados de aquellas granjerías, desertaban de las urnas; y en los salones de cerveza, y en las aceras de las casas de registro, se compraban con monedas o cambiaban por licor los votos de los extranjeros natu­ralizados; y no ascendía a los públicos oficios el caballero honrado, lleno de fama y méritos, y amado de su comunidad, sino el logrero favorecido, sacado del séquito del capataz, a quien en cambio del dominio que sobre su oficio y el tendría el boss, dábale el boss su insano apoyo y echaba a rodar todas las ruedas de su máquina. De llamarse aquí halls los lugares en que las gentes se reúnen, y de reunirse en ellos constantemente los políticos de oficio, ha venido el odio a los halls. Y es unánime el grito de rebelión que, con motivo de las elecciones de noviembre, lanzan al aire los buenos ciudadanos. En Brooklyn, en Nueva York, en Filadelfia, quiebran la máquina. Buscan reforma. Exígenla. Niegan a las corporaciones corruptas el derecho de imponer candidatos a los partidos. Reúnense en clamorosos meetings, llenos de la savia de la juventud, la cordura de la ancianidad y la fuerza del decoro los miembros independientes de cada partido. Conciértanse, para votar por los hombres honrados, republicanos y demócratas. En uno y en otro campo cunde la revuelta. Ni caciques, ni asambleas directoras; ¡ni halls, ni bosses! Quieren que el ciudadano electo sea el mejor ciudadano; y quieren que cada votante tenga voz libre y voto libre en la designación y elección de los candidatos por quienes vota. Brooklyn tenía un dueño demócrata, que se llamaba Mc Laughlin; lo echa abajo. Nueva York se sacude de su dueño, el tenaz y astuto Kelly. En Filadelfia, el partido republicano resiste la candidatura que la asamblea de políticos que viven de los oficios públicos le imponen, y vota por Wolfe, un candidato rebelde, que se presenta espontáneamente a ser votado. Quieren reformar los partidos, que garanticen el ejercicio del sufragio, y hagan imposible el retorno al corrompido organismo actual. No da aún con el modo constante que ha de amparar el libre voto, más esta vez, salvarán el suyo, con el vigor de su noble rebeldía. Peligran la independencia y la dignidad de la nación. No al triunfo de los partidos, sino al beneficio de los municipios, han de atender los munícipes.

José Martí


Nueva York, Marzo 28 de 1884

Señor Director de La Nación:

En Washington, y por todo el país, se agitan ahora esos argumentos y rencores; y en la capital del Estado de Nueva York un senador joven y de casa rica, ayudado por cincuenta y tres ciudadanos decorosos, jura guerra a los rufianes de esgrima y traficantes de votos que con deshonor de la ciudad ocupan en Nueva York los más elevados puestos públicos.

Quien estos párrafos vaya leyendo verá en lo interior de su poderosa vida, y con las manos a la obra, a este pueblo que parece a pesar de todos los riesgos de la grandeza y de la acumulación de masas incultas, destinado a salvarse. -¡En la médula, en la médula esta el vicio, en que la vida no va teniendo en esta tierra más objeto que el amontonamiento de la fortuna, en que el poder de votar reside en los que no tienen la capacidad de votar! -Pero es justo decir que al pie de cada llaga, se ve erguido un sacerdote. Y cuando parece que todo se va a venir a tierra con catástrofe y derrumbamiento, surge un hombre sencillo, vestido de paño del país y calzado de gruesos zapatos, que con palabra maceadora y tundente acusa el mal, y obtiene el remedio. Así ahora con los desvergonzados manejos de las oficinas públicas.

Poco es cohecho; estafa es poco. Domina en Nueva York el voto irlandés que se da, por lo común a quien lo compra, ya con halagos a sus preocupaciones, ya con permisos para cosas ilícitas, ya con dineros; -y hay un John Kelly entre los demócratas y un Johnny Brien entre los republicanos que tienen amaestrados a los votantes de sus distritos como a sus perros sabios un titiritero; los cuales John y Johnny, reconocidos capataces de los partidos en la población, en nada más se ocupan que en asegurar para sí y sus favorecidos, a quienes sujetan a tributo, los puestos públicos de la ciudad, que se eligen aquí por mayoría de votos; y sucede cada año que el Brien presta al Kelly unos cuantos millares de votantes republicanos para que le saquen triunfante al regis­trador que con Kelly tiene sus paniaguados, y el Kelly presta luego al Brien otros miles de votantes demócratas para que quede colocado en la Dirección de Prisiones el que se obliga a partir con Brien, por cuanto le ayuda a ser electo, los gajes del oficio.

Tienen ambos partidos en cada distrito sus asociaciones, obedientes a los representantes respectivos de Kelly y de Brien, cuyos represen­tantes en las cervecerías viven buena parte del año, ya haciéndose de la voluntad del cervecero, que es mercadería que está siempre a la venta: ya encendiendo con pláticas insidiosas las pasiones e intereses de la gente baja. Quien por darse aires públicos, o seguir el hábito, o tener cosa que poner a precio y de que sacar ventaja, quiere unirse a la asociación de algún partido, ya sabe que ha de obedecer a lo que el cacique del distrito mande; y el que por sí piense y obre, de la asociación es expulsado. No se discute en esos comicios de distrito a los candidatos; sino que se vota a ciegas (por tenerse lo contrario a traición al partido) en favor de los que proclaman los caciques.

Y así, por el interés, por la costumbre, por el compadrazgo o por la virtud misma de la lealtad, las asociaciones de los votantes de los dis­tritos pertenecen a los tenientes de Brien y de Kelly; quienes entre los capataces mismos que les ayudan reparten los empleos de la ciudad que por votación se ocupan, y de antemano conciertan con los que han de ocuparlos la distribución de las pingües ganancias, en pago del apoyo de todos los distritos electorales al cacique de distrito que, abandonado a su esfuerzo, contaría sólo con los votos de uno.

Como por sufragio se elige a los miembros del municipio que son los que señalan los árbitros de las oficinas públicas, sucede siempre que los munícipes, que no lo serían sin la benevolencia de Brien o de Kelly, ajustan las cosas de la manera que a estos place, y es aquella que permite sacar tantos provechos de las oficinas, que pueda ir una porción de ellos a hacer fondo para los gastos que requiere esta tenebrosa máquina, y otra al mantenimiento de los mercaderes de votos que viven de ella. O bien acontece que cierta persona contribuyó en trances de apuro con una cincuentena de miles de pesos para sacar triunfante una elección dudosa; y el Brien o el Kelly le dan luego en pago un oficio público, -que rinde al año un centenar de miles.

Policía, salud pública, hermoseo de la ciudad, cobro de contribu­ciones: todo está en el puno de Brien y de Kelly. Por elección popular son nombrados los cabezas de estos departamentos; y un cazador no es más dueño de su traílla que Brien y KelIy de la elección popular. Dada la gente más culta a la busca ansiosa y goce precipitado del dinero, recuerdan solo su deber de elegir cuando ven ya de cerca en el triunfo de algún candidato un peligro para su tráfico o fortuna; y bien por el natural desplacer de andar de codos con aquellas hombradas de cervecería, bien porque les domina de tal modo el amor del provecho propio que creen que en nada influye en este el público, es lo cierto que, salvo en alguna elección presidencial reñida, en que ya se ponen en conflicto mayores intereses, las elecciones están por lo común en manos de la gente de taberna: - ¡senador hay, embajador ahora en tierras de oro y raso, y muy bien visto en cortes europeas, el cual en las manos del curioso que escribe estas líneas ha puesto en vías de elecciones un vaso de sidra que, arremangada la camisa y abierto el chaleco, por sí mismo sacaba el caballero sonriente y afanoso de la ancha barrica en una taberna de suburbio! ¡Y sonreía el rubicundo candidato, como un hombre dichoso!

Iba de bebedería en bebedería, pagando de beber a todos los seden­tales, y dejando sobre los mostradores nauseabundos, en vez de décimos de plata que aún son mucho para costear estas cervezas infectas, mazos de billetes y monedas de oro: -¡Ya no es honor aquel que necesita ser buscado! –¡ni se saca el honor de entre las turbas!

Fortalezas sin agujeros para asalto ha venido siendo esa organización formidable. La prensa misma temerosa de perder su influencia y pro­vecho en las masas, no decía estas cosas sino con miedo, para que no se le pusiesen en contra los que capitanean en los distritos las voluntades. Pena da a veces ver cómo cortejan estos periódicos a la muchedumbre: -le halagan sus gustos; le sacrifican la propia cultura; se fingen por complacer, vulgares y brutales; se echan encima por la esperanza de la propina, ¡el arreo servil y la sonrisa dolorosa de los lacayos! Por voto público se elige el mayor de la ciudad que es casi siempre un comerciante de pro, el cual acepta en remuneración del nombramiento, obligaciones que traban su independencia, cuando no le deslustran el decoro; pero el mayor, que está dos años en oficio, halla en los empleos gente desconocida, a quien no puede mudar, aunque le parezca mal, y la cual tiene su puesto por plazo más largo que el mayor el suyo; ni nombrar podía el mayor a empleado alguno sin el beneplácito del municipio, que imponía siempre los candidatos que por los cabecillas de las elecciones les eran a su vez impuestos.

Buey era, pues, el mayor; y poco más que el derecho de firmar las voluntades de los munícipes tenía, a la sombra de su yugo. En las oficinas de la ciudad, seguras de la sanción del municipio de quien podía únicamente venirles persecución y daño, se avían erigido ya en práctica abominables abusos.

El Secretario del Condado, que es una especie de visador de documentos, con 3,000 pesos de sueldo, no ha podido negar a una comisión de diputados investigadores, que cobra indebidamente por derechos caprichosos, ochenta mil pesos al año.

En la Oficina de Registros, obligada a dar gratis sus informes, pulula muchedumbre de gente voluntaria, a quien se permite tener en el lugar su mesa y plumas para que, con estos asomos de oficinista, exijan a los que buscan algo en el registro una gabela por hallárselo, que los solicitantes pagan como si Io debieran, y los empleados ambulantes parten con los que les consienten y autorizan el comercio. Y sobre Departamento de Prisiones, callar es mejor, por no decir la que se sabe: presidios de España hemos visto muy de cerca, y su pan lleno de gusanos negros, y su carne hedionda, pero en las cárceles de Nueva York, cuyas atenciones paga la ciudad can largueza, no se sufre menos, por el rapaceo de los empleados, que en los presidios de España.

Si un peso cobran al día par la comida de cada cabeza, con un real le dan de comer, y lo demás se guardan. Si tal preso quiere irse de paseo, o traer feas visitas a su celda, páguelo bien, y se irá y las traerá. Si hay regla que infringir de día o de noche, las infracciones tienen su tarifa, como los pecados, y el que la cubre, deja atrás la regla. Quien no tiene qué dar, vive mísero.

En los días de votación, los carceleros, que san agentes de elecciones, salen a votar con los presos, y dejan la cárcel sola. Traducir debiéramos aquí el indignado informe en que a latigazos más que a frases cuenta increíbles villanías y corruptos sistemas la Comisión de diputados republicanos y demócratas que, tomados de entre los hombres más puros de ambas parcialidades, envió la Asamblea del Estado a New York a cerciorarse de estas violaciones.

Se ve el rubor, y la noble cólera, en el ardiente informe. ¡Río Alfeo se necesita que de raíz arranque la inmundicia de estos establos! La mesa del Presidente de la Asamblea está cubierta de proposiciones de reforma. Se quiere privar al municipio, y dotar al mayor de la facultad de nombrar y remover los empleados.

En tanto, ya se ha separado de manos del municipio la facultad de nombrar empleados para oficios de ganancias sabidas. Ahora el mayor los nombra, que es siempre persona de más fianza que los munícipes. Pero esta mejora, anuncio solo de otras complementarias que han de dejar establecido un sistema nuevo de provisión de los empleos, y de los fondos necesarios para su pago, ha tenido que arrancarse de los dientes de KelIy y de Brien. Vaciaron en Albany, que es el sitio de la Asamblea, a todos sus agentes. Sentían el golpe mortífero, y acudían a pararlo. Como los representantes han menester para ser electos de la autorización y apoyo de Kelly y Brien y de sus distritos, a recordar y a amenazar fueron, y a exigir de los representantes, so pena de no ser reelectos, que no dieran oídos al informe, preñado de hechos, de la Comisión. Pero prendió en la Asamblea el decoro, y los agentes se han vuelto corridos. La befa pública hubiera seguido a los que emprendiesen la defensa de los empleados corruptos y sus cómplices; -y en el hecho mismo de aspirar a la representación popular hay cierta nobleza, que el ejercicio de la representación acrece, y no permite afrontar, aún a riesgo del provecho propio, la befa pública. Es túnica sacerdotal, una investidura de diputado. Como que unge. Como que eleva. No se es ya un hombre, sino una atalaya. Se es la patria, y se mira la mente como un vaso sagrado. Verdad es que los diputados se venden y se compran; pero hay ocasiones en que no se atreven a venderse. La prensa, aún en medio de sus cobardías, está de centinela. "Cave canem", estaba escrito para guarda de los visitantes en las casas de Pompeya. La prensa es el can guardador de la casa patria; y en todos los oídos debe resonar siempre el grito saludable: "Cave canem".

Pero no está sólo en quitar de los munícipes y en poner en el mayor la facultad de nombrar empleados, el remedio de los males que vienen del descarado tráfico de votos. Ni en crear organizaciones nuevas de distritos está el remedio; sino en mejorar la masa votante. En nada menos está que en mudar en pletórico e inteligente el espíritu de una muchedumbre que de apetitos sabe más que de ideas, y no siente amor alguno por un pueblo que no es su patria, y el que, sin embargo, gobierna. Y el alivio más inmediato, está en que los ciudadanos cultos, que hoy hacen gala de mantenerse lejos de las urnas, voten. Si desdeñan hoy el ejercicio de su derecho de dueños, tendrán mañana aterrados que postrarse ante un tirano que los salve. Deber es el sufragio, como todo derecho; ¡y el que falta al deber de votar debiera ser castigado con no menor pena que el que abandona su arma al enemigo!

José Martí


Nueva York, 6 de noviembre de 1884

Señor Director de La Nación:

“…Vamos a pasear por Nueva York hoy que es día de elecciones: a ver quienes votan, y cómo y en dónde, y que se hace después de votar; a oír lo que se trama, vocifera y cuchichea; a pintar en su día de soberanía a este pueblo pujante y complejo; a palparle, ahora que las tiene conmovidas, las gigantescas entrañas. Los niños se preocupan grandemente, no bien empiezan a pensar, de la manera con que se encenderá el sol, y de quien lo encenderá, y de como se podría llegar a él: urden en su mente ingenua y novicia colosales escalas: seguir la luz es el primer movimiento perceptible del recién nacido: conocerla, el mayor deseo del niño, y el anhelo del hombre hundirse en ella. Curiosidad igual atrae a los pensadores hacia los misterios de formación y desenvolvimiento de este pueblo, sorprendente muestra ¡ay! de todo lo que puede llegar a ser una nación preocupada de sí, y desentendida, en su propio goce y contemplación, de las maravillas y dolores del resto del universo humano”.

“…En la noche que precede a las elecciones., no hay aire allí, sino masas humanas: las grandes bebederías de la ciudad, con sus mostradores de caoba, sus estatuas de mujeres desnudas, sus tapices y curiosidades ricas, sus cuadros tentadores y libidinosos, están repletas, a punto de no dejar paso, de gente rica y vociferante que bebe, desafía, gesticula y apuesta. Los cheques en blanco se llenan sobre las espaldas del vecino o en el hueco de la mano; con un rasgo de lápiz quedan apostados al triunfo de un candidato, como al de un caballo en las carreras, diez, veinte, cincuenta mil pesos: un californiano ha apostado al triunfo de Cleveland, toda su hacienda. En su oficina el Fiscal del Estado, a demanda de los inspectores de elección que han descubierto informalidades y abusos en las listas de registro, firma por centenares los man­damientos de prisión con que en el acto de votar se ha de detener al día siguiente a los que han procurado violar las leyes y ordenanzas electo­rales, y votar sin derecho, o votar dos veces, o hacer en algún modo engaño o fraude: y si cesa el Fiscal por un instante de firmar órdenes de arresto, no cesa de recibir juramento a los vigilantes especiales que para este día cuatro de noviembre emplea el Estado, a que cuiden en las ca­sillas de votación de que las leyes sean cumplidas, y arresten a los que las desconozcan o las tuerzan: sólo que como es republicano el que nombra, y con nombrar hace favor y obliga, republicanos son los vigilantes especiales, que más que para vigilar, para mover o forzar a los electores a que voten por el partido republicano, son empleados: por lo cual, los demócratas vivaces eligen a una persona de buenos ojos, para que en cada casilla vigile a estos malos vigiladores. Cuando ya esta al abrir la mañanita, júntanse en la Fiscalía, para estar prontos a resolver consultas y aclarar dudas, los abogados fiscales auxiliares, a cuyo con­sejo acuden a bandadas durante el día los electores en apuros; éste por­que le diputan el voto, aquel porque un bribón votó en su nombre por el partido contrario al suyo y no lo dejan votar ahora, éste otro porque puso en la lista de registro equivocado el número de su casa y lo acusan de fullero, ése otro porque van a dar las cuatro, que es la hora en que se cierran las casillas, y él es demócrata, y como los vigilantes son repu­blicanos le han movido un pretexto para impedirle que acuda en tiempo, y él viene desalado a que ordene el Fiscal que reciban su voto :-tales son los empleos de los abogados auxiliares. Votante hay que, en alas de su abogado, se anda una milla en un minuto”.

“…Desde las seis de la mañana, en que empieza el voto, merodean, fuman, mascan, ponen rostros horrendos y blasfeman los rufianes que, a modo de intimidadores, diputan por los barrios ambos partidos: frente a cada casilla o saliendo al paso a cada elector que llega, está con su bolsón de lienzo al costado, lleno de mazos de papeletas de votar, el papeletero de cada partido; y a su alrededor, con miradas ávidas, y tacto seguro, buitrean los "trabajadores" de los dos bandos contendientes, que así se llama en la parla política a las personas de blando hablar y buen vestir que, por los méritos de cinco pesos que les dan por esta labor, se obligan a procurar convencer a los electores de que es de ley y conciencia votar por el bando que paga a estos blandílocuos”. ,

“…Otro grupo es de italianos excelentes, que vienen en rebaño tras el capataz que ha mercadeado sus votos; pero como la paga fue hecha afuera, de probarla no hay modo, aunque el alboroto que esto mueve es grande, y los sencillos italianos con su buen peso en la bolsa, y no poco temor, echan en las urnas el mazo que les dieron: mas se descubre a tiempo que uno de ellos dijo que vivía en tal casa, donde no vive, y aunque suplica y llora, los irlandeses se ríen de él a gran mandíbula, y el vigilante se lo lleva en prenda. Irlandeses e italianos no se quieren bien: ni alemanes e irlandeses”.

“…Ya está el cervecero o el político de esquina, de cuyos votos necesita el juez para ser reelecto, cosido al juez hasta que deja libres a los presos, con cuyo voto comercian los políticos, por lo que es de costumbre que se obliguen a servir en estos casos apurados a los que a su vez en las elecciones les sirven: - y los acatan los jueces,-que éste es uno de los males de que los jueces sean electos por votaciones populares. ¡Tales son las cohortes de electores que hacen munícipe a "Pericon" el cervecero, o a "Fran­ciscazo" el vendedor de carne! Mientras mas cerveza, más votos. La bebedería de Pericón da hoy cerveza a barrica por hombre. El, sudoroso, sentado en un barril, aviva a su gente. Este de un trago vacía media botella: otro, en un rincón, se ceba en su vecino, y lo abate a puñadas; uno canta, todos juran: por tierra andan ya algunos, y los demás sobre ellos: en copas no beben, sino en tinas de lata: y se cobran así los que han votado, y los que van a votar luego. Franciscazo, el de la madre ita­liana, anda en un coche por la calle, seguido de centenares de chicuelos: a cada puesto de votar adonde llega, echa al aire puñados de centavos, y reales sobre que se lanzan los chiquillos, en tanto que él da abierta­mente a sus "trabajadores" billetes de a peso con que compren votos, que él a peso paga. Allí sí, no hay cuidadores, más que los de Pericón; ni policías, o no se ven al menos. Del corredor de una casa vecina se oyen gritos, golpes, juros: es que a la misma casa fueron en busca de un votante que les falta, los “trabajadores” de Pericón y los de Franciscazo, y al verse faz a faz en la escalera, dan poderes a los puños, que son tales que suelen romper cráneos, y ruedan sin sentido, o abrazados y mordiéndose, hasta la acera. Franciscazo es electo munícipe, Lago, con manchas rojas, es la bebedería de Pericón”.

“…En uno u otro lugar, ya a la caída de la tarde, con lo cerrado de la elección y la excitación del día, suele suceder que; cambien puños, a pesar de su caballeresca apariencia, los "trabajadores" de los partidos rivales, o un papeletero alevoso y el elector malhumorado que ha recibido de él un mazo de papeletas fraudulentas; - porque hay cuerpos políticos de la ciudad que tienen en más la elección de determinado candidato a un puesto local que el triunfo del candidato de su partido a la Presidencia, y arreglan mazos de papeletas con la del Presidente rival a la cabeza y desligada entre las demás la del candidato propio cuya victoria les importa; lo que da lugar a comercio abierto entre los gamonales republicanos y los demócratas, y a que muchos de estos, interesados en hacer corregidor de Nueva York a una especial persona, hayan tratado en esta elección que sus secuaces voten por el candidato republicano a la Presidencia, con tal que los secuaces del gamonal republicano voten por el candidato demócrata a la Corregiduría. Por estos tratos fue vencido Hancock, demócrata, en la elección presidencial que llevó al gobierno a Garfield en 1880; y por estos tratos ha estado a punto de ser vencido Cleveland. Sólo que los hombres de ne­gocios, sinceramente interesados en el triunfo de este hombre honrado y sencillo, dispusieron un cuerpo tal de cuidadores de las casillas, y tantos electores desinteresados hubo, y con tal celo eran revisadas por ellos las papeletas, que el tráfico esta vez, con ser cierto, no ha llegado a mucho. En esto han de pensar aquellos pueblos que quieran conservar la libertad de que gozan: sólo la disfrutarán mientras la vigilen; la perderán, como aquí mismo, en esta misma tierra santa de la Libertad, han estado a punto de perderla, tan pronto como la abandonen”.

“Van a dar ya las cuatro, y es hora de que, muy de prisa, recorramos las urnas. En éstas los "trabajadores" son quién lo dijera! dos mu­jeres aún jóvenes: llevan al pecho la cinta blanca y azul, distintivo de los partidarios del candidato de las sociedades de temperancia, el apuesto y ferviente St. John. Jamás se vieron hasta hoy mujeres en las aceras, repartiendo papeletas y trabajando, con elocuencia y persuasión reales, por convencer a los votantes: y es fama que, en aquella casilla hubo buen número de votos por St. John”.

“En otras casillas vitorean a un octogenario: Tilden es, el profundo Samuel Tilden, que pudo rescatar de los bribones el Estado de Nueva York que esquilmaban y envilecían con un inicuo gobierno, mas no la Presidencia de la República a que fue electo en 1876, y que le hurtaron los republicanos.-Y al Presidente Arthur vitorean también calurosísimamente, por discreto, cortés y gentil, a su salida del puesto electoral en donde ha dejado su voto en pro del rival que le venció en la candidatura a la elección del partido para aspirar a la elección presidencial, su rival Blaine”.

José Martí


La Nación. Buenos Aires, 9 de mayo de 1885

“…Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos. Desde Mayo, antes de que cada partido elija sus candidatos, la contienda empieza. Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la Presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condi­ciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyen a nom­brarlo y sacarle victorioso”.

“Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo sobre las ca­bezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo. El que inventa una villanía eficaz, se pavonea orgulloso. Se juzgan dispensados, aun los hombres eminentes, de los deberes más triviales del honor. No concibe nuestra hidalguía latina tal desborde. Todavía asoman, detrás de cada frase, las culatas de aquellas pistolas con que años atrás, y aún hoy de vez en cuando, se argumentaba acá en los diarios en época de elecciones. Es un hábito brutal que curará el tiempo. En vano se leen con ansia en esos meses los periódicos de opiniones más opuestas. Un observador de buena fe no sabe cómo analizar una batalla en que todos creen lícito campear de mala fe. De plano niega un diario lo que de plano afirma el otro. De propósito cercena cada uno cuanto honre al candidato adversario. Desconocen en esos días el placer de honrar”.

“…Se ve aturdir, escamotear, comprar, falsear el voto. Se ve a extranjeros naturalizados votar por su interés especial en daño de la tierra que les da porción en su hacienda y en su gobierno. Se palpa el peligro de dar autoridad en el país a los que no han nacido en él, y no lo aman, aunque se reconoce la justicia de que cada uno de los que ha de llevar las andas al hombro, dé su voto sobre el peso de las andas. Se vive de Mayo a Noviembre viendo ruindades, y en disgusto y alarma”.

“…Para el poder, sobre todo, es mal camino la virtud. Los hombres no siguen sino a quien los sirve, ni dan ayuda, a no ser constreñidos, sino en cambio de la que reciben. La autoridad que por su condición de ciudadano en un pueblo de gobierno electoral, o de persona de influjo, reside en ellos, la regatean y escatiman mucho. Todo hombre es la semilla de un déspota; no bien le cae en la mano u átomo de poder, ya le parece que tiene al lado el águila de Júpiter, y que es suya la totalidad de los orbes. Por eso en estos pueblos en que la autoridad reside, cuando no es en cada ciudadano, en cada capataz de ciudadanos, de que hay cuentos, el que aspira a ganar voluntades tiene que rebajar tanto la suya, que no sabe cómo se pueda, con grandeza de alma, soportar las vergüenzas que acarrea la conquista del poder. El corazón honrado se revuelve a la vez contra los que humillan, para prestar su apoyo, y contra en los que en espera de él se humillan”.

“…Fue aquí quedando por gran parte, en manos de los políticos ambiciosos, los empleados que les ayudan para obtener puestos o mantenerse en ellos, los capitalistas que a cambio de leyes favorables a sus empresas apoyan al partido que se las ofrece, los extranjeros que votan al consejo de sus intereses y pasiones, y los leales partidarios que, encariñados con las glorias pasadas, o las ideas añejas, recuerdan sólo la cosa pública, con consecuencia mal entendida, los días en que las elecciones les ofrecen la oportunidad de ejercitar su autoridad y confirmar su fe”.

“…Quedó el partido republicano en manos de aquellos que, ya por cariño a sus victorias, ya por odio a sus enemigos, ya por temor de que resucitasen, ya por beneficio propio, tenían un interés más directo en mantenerlo organizado y poderoso. Y como la victoria pudre, comenzó inmediatamente después de ella la descomposición. El manifiesto de la libertad humana llegó a convertirse en una casa de agios”.

¡Qué repartir, como canonjías a hombres ineptos los puestos mejores!

¡Qué distribuir, en gastos confusos, los ingresos sobrantes! ¡Qué contratar a escandalosos precios, correos que no existían y buques que a la primera caldeada zozobraban! ¡Qué dar destinos, con perjuicios de los más dignos y probos, a los que tenían valedor de uno y otro sexo, o habían puesto manos serviciales en los manejos oscuros de las elecciones!

¡Qué acumular, con promesas secretas y compromisos inmorales, sumas enormes en las campañas presidenciales para vencer a los demócratas! ¡Qué prometer a los empleados la permanencia en sus oficios, si ayudaban con su óbolo al fondo electoral, y por él al mantenimiento del partido en el gobierno! ¡Que ir entregando, ley a ley, a los capitalistas y asociaciones poderosas, las tierras de la Nación, y hasta sus derechos, en pago, estipulado previamente, de los subsidios cuantiosos que para asegurarse en el poder recibía el partido de monopolios y bolsistas en horas apuradas! ¡Que responder cínicamente, con acusarlos de amigos enmascarados de la rebelión, a las acusaciones de sus adversarios, y de la gente mejor de su propio partido, a quien el espectáculo de tan atrevida corrupción había forzado ya a salir de su silencio! :- ¿quién deja a la libertad sin vigilancia? ¿quién no sabe que por cada paloma que nace, nacen como tamaño de tres palomas de gusanos? En las elecciones ¡qué comprar los votos o cambiarlos en las urnas, o rebajarlos en las listas, cuando era menester! En las asambleas menores de los Estados que eligen los diputados a la Convención que ha de designar el candidato del partido a la Presidencia, ¡que excluir, con anatema de traición, a los que se negaban a votar en el interés de los políticos de oficio!

En las Convenciones mismas, a la hora de elegir ya el candidato, ¡qué desdeñar a los prohombres de reputación acrisolada, por aquellos de reconocidas faltas, que merced a ellas mismas pudieran, con menos escrúpulos, asegurar en la elección, más votos, y en el poder, más empleos, y provechos! ¡Y qué venderse los diputados de la Convención a este o aquel postulante a la candidatura; bien por dinero, bien por la promesa de un buen puesto, en caso de triunfo!”

“…De manera que, seguros del triunfo y de la impunidad, puede decirse, acuerdo con las declaraciones escritas y habladas de los republicanos más notables, que no había abuso publico, violación, fraude, cohecho, rapiña, robo, que el partido republicano no cobijase o alentara. En las elecciones, sustituían las papeletas democráticas por las republicanas, o aumentaban estas a su sabor, o falseaban los recuentos. En los Estados, desaparecían en bolsas privadas los dineros dispuestos para atenciones públicas. En Washington, compraban los Ministerios el apoyo de los representantes en ambas Cámaras con empleos y pensiones para sus recomendados: a cada senador y representante estaban reservados, para distribuir entre sus favorecidos, cierto número de empleos, "y en muchos casos"-dice el honrado Mr. Veagh, miembro que fue del Gabinete de Garfield - "los hombres a quienes se reserva este privilegio, y las mujeres nombradas en virtud de él (que ya se sabe que en los Estados Unidos muchos empleados son mujeres), viven lejos de la protección y las trabas de sus hogares”

“…Los bandos eran dos. Los unos mantenían descaradamente que, por encima de toda otra consideración, estaban el interés del partido y el beneficio de sus miembros; que la Unión era propiedad natural de los que la habían sacado a salvo; que al vencedor pertenecen los despojos de la victoria; que los empleos, concesiones y dignidades deben ir a pagar los servicios prestados para mantener en el poder al partido que los concede; que no es censurable, sino lícito, colectar de los empleados públicos, pagados con dinero aprontado por toda la Nación, sumas destinadas a mantener en el Gobierno a uno de los partidos que se disputan su gobierno, y en cambio de este auxilio queda obligado a mantener en sus destinos a los contribuyentes, convertidos en sus cómplices, y a proteger o disimular sus abusos”.

“…Y la campaña que empezó en las elecciones de ciudad por despojar a los traficantes de votos del poder, poco antes omnímodo, de elegir a su sabor los municipios, creció más a prisa que la nieve que rueda, y en tres años ha venido a parar en arrancar a los traficantes, organizados de modo formidable, el absoluto y descarado dominio con que venían imponiendo su voluntad en las mismas elecciones presidenciales sobre la unánime de la Unión y sus necesidades más urgentes”.

“…Demócrata había sido el Sur antes de la guerra; y vencido en su tentativa de crear nación propia, mantúvose afiliado al partido que a sus contemplaciones con el Sur, tanto como a una corrupción administrativa, no menor que la de los republicanos de hoy, debió su salida del poder, punto menos que ignominiosa”.

“…Pero como unos y otros, aparte de esta distinción (no visible sino a las miradas penetrantes) donde gobernaban, gobernaban con iguales abusos, por ser ambos tajos de un mismo pueblo; como en ninguna cuestión capital se diferenciaban, sino que se dividían de igual manera; como que el único problema imponente, a no ser el de la corrupción electoral y administrativa, era ese del sistema económico que la exuberancia de la producción y dificultad del comercio venían cerrando, - en el parecían haber de parar al fin ambos partidos, e irse de un lado los Iibrecambistas, republicanos y demócratas, y de otro, los proteccio­nistas de ambos bandos”.

“…El canevá de toda aquella urdimbre electoral, el huevo de toda aquella vileza, era la repartición de los empleos públicos. Los que “trabajan” por el triunfo de un partido, se proclamaban con derecho exclusivo a que éste los recompensase con los destinos de la Nación, así como los que de alguna manera contribuían a la victoria, y sin influjo o pecunia hinchaban el voto, creíanse con naturales títulos a las concesiones y preferencias que están en mano de los administradores de negocios públicos; de lo que derivaba que el electo a un puesto no fuese en él como que sin aquellos votos interesados no hubiera podido alcanzarlo, más que el cómplice y servidor expreso de estos intereses; vendida como se ve estaba la Nación a los traficantes activos de la política, que por el alejamiento de las urnas de los votantes desinteresados o entrabados por miramientos de partidarios o tibios, dominaban sin contrapeso en las deliberaciones de ambos bandos.

Porque donde llegaba al gobierno el demócrata, como que subía por la misma tortuosa escala, quedaba sujeto a iguales compromisos. El Gobierno tiene puestos que dar, y abusos que permitir, y contratos que autorizar; y los "trabajadores" lo eran por la golosina de los puestos, y los que los ayudaban, por la de las contratas y permisos. Lo que a los buenos republicanos indignaba, indignaba también a los buenos demócratas. Y así vinieron a juntarse, en la saludable revuelta, unos y otros”.

José Martí


Nueva York, Octubre 3 de 1886

Señor Director de La Nación:

... “Están en todo su fuego las elecciones: elecciones de gobernadores en varios Estados, de jueces, de corregidores de la ciudad.

Todo el verano lo pasan los políticos disponiendo las fuerzas para vencer a sus contrarios en las lides de invierno, que comienzan en septiembre con la batalla de las urnas.

Ya cuando dora agosto los campos maduros las pasiones caldeadas empiezan a ponerse en fila para las elecciones de otoño, que como son locales, se lidian siempre a diente y uña, con odio formidable. Acá se debate como se boxea: ante un circo, y sin guantes. En nuestras tierras pronto estarían rojos todos los vestidos, si oyéramos lo que aquí suele oírse en calma. Se ha adelantado algo en eso, más sólo en las ciudades visibles, tal como en las casas suele tenerse más cuidada la sala que las habitaciones interiores.

Allá en los Estados de adentro los votos se compran y venden lo mismo que en Nueva York; pero pasman por lo atrevidos y malignos el lenguaje y las acusaciones.

Un gobernador compra a cincuenta pesos los votos de los delegados a la convención reunida para nombrar el candidato del partido.

Otro ofrece perdón a los criminales de la penitenciaría, e introduce en ella de noche a su propio secretario, para que los presos afirmen bajo juramento escrito que durante el gobierno de los demócratas se les obligaba a despellejar a los irlandeses y negros que morían en la prisión “y a hacer con retazos de sus pieles bastones de pasear”. ¿Mentira?.

El gobernador republicano de Ohio, es quien lo dice, el gobernador Toraker, que va de tribuna en tribuna leyendo al público las declaraciones juradas.

“No es eso sólo”, añade: “El gobernador demócrata empleaba un alcaide que recibía dinero de los presos, del preso Banley, para tratarlo bien y darle un oficio suave.” “¡Mientes!” le grita desde su banco uno de la concurrencia: “aquí está la copia de tu carta al alcaíde, que es mi amigo:

“Señor alcaide: agradeceré a usted que saque al preso Hiram Banley de la cuadrilla de contratos, y lo coloque en alguna otra.-El gobernador, Toraker. “Pero esa derrota no abate al candidato: dos horas después está pronunciando otro discurso. Sus argumentos parecen más firmes que el del alcaide y el de los presos despellejados: “No hay fraude que los demócratas no hayan cometido en las elecciones de Ohio: se han registrado los que no tenían derecho a votar: los mismos hombres votaban dos veces: en las urnas aparecían papeletas que nadie había echado, y desaparecerían las papeletas republicanas; los encargados del recuento contaron los votos deslealmente, y juraron en falso: quién hay en Ohio que no sepa esto? Aquella votación fue una comedia, un robo verdadero. ¿Y los jueces?. Cuando acudíamos a los tribunales, siempre había un juez demócrata dispuesto a aprobar el fraude.”

Y la verdad es que eso no es sueño de Toraker; así le arrebataron aquí los republicanos la presidencia a Tilden: así quisieron en la última campaña presidencial hurtársela a Cleveland los amigos de Blaine: así se suelen pervertir aquí con falsificaciones de listas y manejos en las urnas las elecciones municipales.

Y del lenguaje, del lenguaje de los gobernadores ¿se quiere una muestra? Pues he aquí cómo habla en sus discursos electorales el gobernador Toraker :- “Todos los empleados demócratas son una traílla de miserables incapaces; de bribones desvergonzados y atrevidos, que robaron y saquearon a derecha e izquierda desde el día que entraron en el poder hasta el día en que fueron echados de él a puntapiés para quedarse donde merecen, esperando a que se les mande, como se les debe mandar, a purgar sus crímenes sirviendo al Estado, pero no como empleados, sino en la penitenciaría.”

Esto es Ohio. En Connecticut, donde también eligen ahora gobernador, el candidato es acusado de haber obtenido con dinero los votos de la convención republicana.

¿Lo acusa un demócrata, una persona de poca cuenta, uno de esos perros a sueldo, que ladran o lamen por la paga? No. El que acusa, en un folleto circunstanciado, es un republicano de mucha nota en su ciudad.

Pero eso parece que viene de la división profunda que hay en el partido: cuando trabajan juntos todo les parece santo: cuando sus obligaciones o su pasión por opuestos caudillos los dividen, denuncian como crímenes en sus compañeros de ayer sus actos propios.

Ni la caridad ni el guante blanco son producto natural de los Estados Unidos. Blaine persigue a sus enemigos sin caridad y sin guante, tal como le persiguen. Hasta el cabello, que le cuelga en guedejas rebeldes sobre la frente, revela en Blaine la implacable pasión de su política: sus raras condiciones agresivas deslumbran y enamoran a sus mismos enemigos, en este país de agresión y de combate. Su versatilidad, su catolicidad, su genuina fuerza de palabra, avivan el encanto sentido por hombres que en su mayoría carecen de ella; y en los mismos defectos de Blaine, en la hábil venta de su influjo político, en el despejo imperturbable con que afronta las acusaciones más graves y probadas, en su decisión terca de poner su persona con toda clase de artes por sobre los que se oponen a su paso, en la falta visible de escrúpulo y pudor para cometer y ocultar sus culpas públicas, parece como mirarse y perdonarse la masa del país, que ve en ese pecador político que triunfa la sanción de su amor desenfrenado al éxito.

Luego, él tiene el tacto de ver por donde va la pasión momentánea de su pueblo; y con saltos magníficos de tigre se pone a la cabeza de la pasión que pasa. Nada lo deprime. No lo abate nada. Y esa pasmosa capacidad de supervivencia, esa fe ardiente e indómita en sí y en su fortuna le aseguran la admiración y el dominio de la gran masa de un país hecho de hombres que ven la vida como un campo de conquista, y asaltan serenamente la tribuna de los sacerdotes, el banco de los abogados, el foro político, si les va mal en su hacienda de cerdos o en su comercio de zapatería. Ese hombre dúctil representa bien a este país elástico.

La elección de gobernador del Estado de Connecticut este año no es más que un episodio del drama de Blaine. Él, al día siguiente de caer casualmente vencido por CIeve!and, se levantó del polvo enjugándose el sudor del rostro, con un discurso temible en los labios, con su candidatura en la mano otra vez.

Corrió el frío desde aquel mismo instante en la médula de los republicanos que por honradez o por envidia habían ayudado a abatirlo.

Su valiente tenacidad retuvo a su lado a sus amigos, en el instante en que creyéndolo acabado en política se preparaban a abandonarlo.

No ha perdido un solo amigo después de su derrota. Ha espiado con fruición las discusiones infelices del partido demócrata, su incapacidad para votar de acuerdo en las cuestiones de la plata, de la tarifa y de los empleos públicos, la resistencia de la masa interesada del partido a ayudar a Cleveland en la política de reforma a que debe su eminencia, la complicidad del Secretario de Justicia en una empresa privada de teléfonos, el error cometido en el caso de México por el Secretario Bayard.

¿No lo acusan a él los demócratas y los republicanos, de haber vendido por acciones a una compañía de ferrocarriles su influjo y autoridad de presidente de la Casa de Representantes? ¡pues! ahí está el Secretario de Justicia de los demócratas, que usa en su propio interés y en el de una compañía privada, su influjo y autoridad de Secretario, y los fondos del tesoro público!. No decían republicanos y demócratas que él había deshonrado con una política de baratero impúdico en los países de América la Secretaría de Estado? ¡ pues ahí está el Secretario de Estado de los demócratas, precipitando una guerra odiosa contra México para asegurar en los Estados del Sur a su candidatura a la Presidencia un número mayor de partidarios!.

De todo eso ha hecho Blaine capital para la campaña ardiente de su última candidatura. Su ejército está en orden: sus amigos le obedecen a ciegas: su voz ha bastado para impedir que en este otoño fueran vencidos en su propio Estado de Maine los republicanos por el partido de la temperancia: sus tenientes tienen la orden de no permitir alzar cabeza a ningún republicano enemigo de la candidatura de Blaine a la Presidencia de la República.

A hierro pelea él, y sus enemigos le pelean a hierro. Por eso es un republicano notable, hostil a Blaine el que acusa con datos, de corrupción y cohecho, al candidato blaínista de los republicanos para el gobierno de Connecticut. Por los gobiernos de Estado se va a la Presidencia”.

José Martí


Nueva York, Junio 1ro de 1888

Sr. Director de La Nación: ...

“Todo es ahora política. En los Estados se reúnen las convenciones de cada partido: del demócrata que está en el poder, del republicano que aspira a arrebatárselo, de los trabajadores que no llegan a unirse, de los “abstinentes” como pudiera llamarse a los enemigos de la venta de licores, de las mujeres que han elegido por candidato a la Presidencia a una leguleya de Washington, a Belva Lockwood, que anda en triciclo. Veamos la política que sale afuera, y a la de bastidores. Veamos, desde la raíz, cómo se elige, en los Estados Unidos, Presidente”.

“En San Luis se preparan a festejar la reunión de los delegados demócratas en la convención nacional donde será designado como candidato Cleveland, según todo lo que se ve, y como su compañero de candidatura el anciano Thurman, que usa pañuelos de algodón, y dice sus discursos al tenor de su pañuelo, humildes y sensatos, y muy gustados en la masa del Partido”.

... “¿Qué es la convención? ¿Quiénes la forman? ¿Con qué diversos objetos se reúne?, ¿Cuáles son sus funciones en la campaña presidencial? ¿Cómo designan los partidos su candidato a la Presidencia? ¿Cómo es aquí la política práctica?”

“…De arriba viene, tal vez, más influencia de la que debiera, a estas organizaciones de partido que parecen tan libres, y no lo son tanto, ni tan desinteresadas como parecen; pero aún se hace sentir en sus decisiones el influjo de abajo. De abajo arranca toda esta máquina pública, de la única raíz legítima del poder, de la junta popular, de la asamblea local, de la agrupación de los copartidarios políticos en cada caserío, en cada aldea, en cada barrio: -arranca de lo que aquí se llama “caucus”.

“…Caucus es la junta libre de los electores del partido en cada localidad. Caucus es la junta de los electores de un caserío, en su forma más simple. Caucus es la reunión de los copartidarios en cualquier lugar y forma, para un asunto del partido. Se reúnen en una cervecería, o en un salón abandonado, o en un solar, o en la “casa de la ciudad” los copartidarios del barrio, o los de la calle, o los de la cuadra, a discutir y acordar sobre asuntos del partido, sea doctrina o persona, y eso es caucus. Se reúnen en la librería del Congreso, fuera de sesión oficial, los representantes de un partido, demócratas o republicanos, para ajustar diferencias y tomar acuerdos sobre un proyecto de ley en discusión, y eso es caucus”.

“…La convención nacional es un caucus enorme, y como la perfección y corona del sistema. Cada vez que el partido tiene que declarar su parecer, discutir principios o candidaturas, disponerse para las elecciones, se reúne el caucus”.

“En algunos lugares están inscriptos los votantes de la demarcación electoral, y el que no está inscripto, no puede asistir: en los más no hay inscripción previa, y suelen poder más los que más vocean, o cuentan con más puños: todos se conocen: el intruso sale de cabeza, como un rapabolsas: cada facción hace de policía de la facción rival: y en todo caucus hay por lo menos dos facciones: en los cacucus nadie sabe quién fue Heráclito, pero todos creen como él que la contienda es la sal de la vida, que el combate es “el rey y el padre de todas las cosas”.

“Por eso al caucus no van todos los que deben ir, siendo como es la rueda que echa a andar las demás de la máquina política: no van los que aman el debate pacífico, la exposición doctrinaria, la política de cuello limpio. ¡Se viene tan cansado del trabajo! Son tan sabrosas las pantuflas, la taza de té, la risa de los niños, la última novela, las noticias del diario de la tarde! Y no concurre a estas juntas primarias el ciudadano que se verá luego obligado, en virtud de la designación del partido que las tiene por base, a votar por los candidatos en cuya elección pudo tomar parte, y debió tomarla, por su bien y el de la república; pero, ¡hacía tanto frío!, ¡Venía del trabajo tan extenuado! Eran tan sabrosas las pantuflas, la taza de té, las noticias de la tarde!”

“En tanto, los que tienen en la política un empeño personal, los que votan como quiere el cacique, para que los libre luego de los apremios de la contribución o el fallo de la justicia; los que auxilian al partido para que el partido les mantenga en sus empleos; los que a cambio de los votos que obtienen con promesas o dádivas en sus distritos, poseen, como nueva especie de capellanías, los más apetecibles puestos públicos, los que no ven en la política el interés patrio sino el propio, ni conocen la ley que puede salvar, sino el candidato que los puede favorecer; los que más seguro tienen su empleo y adelanto mientras más contribuyan a tener disciplinada la milicia del sufragio, y más electores pueda llevar a las urnas o apartar de ellas,-cultivan sin desmayo, como jardín propio, el caucus que abandonan en sus manos impuras el desinterés culpable o la desidia del ciudadano virtuoso”.

“Ya casi nunca se reúne el caucus, fundamento y arranque de la fábrica política, sino cuando se necesita acorralar a los electores, cuando se acercan las elecciones del Estado a las presidencias. Ya no parte de abajo,- como debiera en un país verdaderamente democrático, la expresión libre y sana de la voluntad pública. Ya la política no consiste tanto en ganarse la opinión con ideas loables, como en tener contentos a los caciques de distrito, e ir sorteando las ideas patrióticas de modo que no choquen, o choquen poco, con los intereses de los que, si les ponen su provecho en el menor peligro, cerrarán a las más nobles ideas el paso. Ya el lugar del caucus no es una especie de templo, como era antes, que hasta en el atrio tenía algo de griego, sino la taberna”.

“De mil dos juntas de caucus que hubo en Nueva York en las elecciones últimas, setecientas diecinueve se celebraron en tabernas”.

“Se celebraron de veras, alrededor del barril, y llenos de espuma los vasos”.

“Fuera del caucus quedan, como agentes políticos, el periódico, el hombre de Estado, el elector culto”.

“Pero como el caucus es el que designa todos los candidatos a los empleos de voto popular, el que constituye lo vivo del partido, el que acumula los fondos y los reparte, el que favorece a los diarios o los excomulga, resulta que ni los estadistas ni los periódicos que pudieran oponerse al caucus osan desafiarlo: ni el ciudadano culto,-activo sólo en las crisis ocasionadas a la larga por su falta de vigilancia, halla a la hora de votar modo eficaz de combatir las candidaturas en cuya designación pudo intervenir precisamente en la hora propia, si no hubiera cedido en la noche fría al encanto de las pantuflas”.

“En la vida moderna no hay tiempo para quitarse los zapatos de trabajo!”

“Cada hora de descanso, es una hora de peligro. No hay derecho para reposar, hasta que no recobre su imperio la justicia primitiva. Ni puede llamarse reposo a aquella dejadez del ejercicio de nuestros derechos, a cuyo favor adelanta la tiranía, como una araña en la sombra”.

“Al caucus deben ir todos los ciudadanos: codearse para entenderse: combatirse para respetarse: precaver, para no tener que revolucionar: exponer los vicios, que es todo lo que se necesita para exterminarlos”.

“¿Con qué menos se ha de pagar la libertad augusta, fuente de los goces más durables de la vida, que con la asistencia puntual a las asambleas donde se regula su ejercicio? El que deje de vigilarla, merece perderla”.

“De ahí parte, concentrándose; hasta que culmina en la convención nacional, el caucus”.

“Esas son las raíces de los partidos, las reuniones primarias, las juntas populares”.

“Cada barrio nombra sus delegados a la convención de la ciudad; cada ciudad a la del condado; cada condado a la del Estado; cada Estado a la convención nacional; y al fin escoge los candidatos y acuerda la doctrina por que han de batallar”.

“Y esto lo hace cada partido por sí. Todo eso es de fuera del gobierno, contra el que se alza la opinión en cuanto se le nota empeñado en poner su voluntad de un modo claro en estos arreglos, que aun cuando no lo sean, quieren parecer libres, y pierden mucho de su influjo sobre la masa pública apenas se trasluce que no lo son. Se permite el interés; pero no el descaro”.

Se considera lícito el mirar por sí; pero criminal el querer forzar la opinión pública”.

“Todo eso es espontáneo, extraoficial, costeado y dispuesto por el partido, aparte del poder, sin su intervención directa. Cuando el gobernante, como Arthur, quiere intervenir demasiado, sus partidarios mismos, ofendidos, lo vuelcan.

“La vida nacional, mientras tanto, no cesa. Los hechos se van cuajando. Los males van sugiriendo con el propio exceso su remedio. Cada interés vigila por que no lo absorba el interés contrario. Así que al llegar las elecciones, que son como tahonas de ideas, hay siempre en el aire dos programas vivos, los dos programas perpetuos, el del poseedor y el del desposeído”.

“Los partidos contendientes inscriben en su bandera, aunque no sea con ánimo de servirlos, aquellos principios que parecen ser de más justicia y popularidad en la hora de la lucha, cuidando de ajustarlos, como el pabellón al asta, al cuerpo de doctrina que a cada uno sirve de sostén. Y como por mucha que sea la corrupción de la máquina política, y mucha la indiferencia de los electores cultos, nunca pueden los que se sirven de la opinión prescindir por completo de ella, no se reúnen sólo las convenciones para escoger de entre los aspirantes a la candidatura aquel que probablemente haya de obtener más votos, sino para dar al partido bandera de combate, para ofrecer al país las reformas que más apetece, para declarar los propósitos del partido y marcar las vías por donde, si triunfa, ha de llevar al país”.

“Las ideas esenciales no son nunca muchas. Ni cada idea se encarna con igual poder en más de un hombre. La prensa las debate. El Congreso las proclama. Los intereses locales las confirman u obstruyen. Y cuando, llegada la época de elecciones, se reúne el causcu, no sólo se nombra el delegado, y lo provee de la credencial que lo acredita representante en la asamblea superior, de cierto número de electores del partido, sino acompaña el nombramiento con una declaración de principios, donde los generales que en aquel momento imperan van modificados conforme al interés de la localidad declarante”.

“Si estas modificaciones se toman en cuenta, la localidad batallará en las elecciones con un brío que suele disminuir, si no parar en abandono o traición, cuando las vencen en los altos consejos del partido, los intereses contrarios”.

“De la suma de intereses dominantes, conciliados en cuanto es posible con las opiniones que parecen llevar mejor al triunfo, se elaboran las declaraciones sucesivas, las de los condados primero, las de los Estados después, por fin la reunión nacional; cada convención va expresando a la vez el candidato que favorece, y los dogmas y reformas que aprueba. La proclamación de persona va basada en una promulgación de principios”.

“Vienen a ser, pues, en realidad, estas convenciones preparatorias, como una constante transacción entre los intereses públicos, que ejercen de afuera del partido su influjo inevitable, y los intereses particulares de la organización”.

“La organización, la máquina activa del partido, la pirámide de asambleas, el causcu graduado que empieza, como en base anchísima, en las aldeas y barrios, y acaba como en pico eminente, en la Presidencia de la República, tiene por sobre todo interés el de conservarse en el goce de los empleos de que derivan sus miembros un bienestar cómodo y un poder grato”.

“Constituida la organización con este fin, y abandonada por los ciudadanos desinteresados a los interesados, el principal empeño de éstos es que los asuntos públicos vayan de manera que el poder no se les escape de las manos. Cuanto tiende a devolver al país su acción directa, a colocar en los puestos públicos a personas probas, a rescatar las ideas, y el tesoro de los traficantes, a poner a la cabeza del partido un hombre que lo guíe para el bien nacional, no para el de la camarilla de cómplices que lo encumbran,- halla naturalmente resistencia formidable en estas colosales organizaciones, mantenidas por el estímulo de la ganancia, como principal agente y costeadas con lo que es necesario apartar de ella para permanecer gozándola”.

“Pero como, a pesar de estos vicios visibles, los partidos sólo existen ante la opinión desinteresada que al fin es la mayoría como cuerpos de doctrinas y organismos compuestos para hacerlas triunfar; como, por mucho que la prensa vendida y los políticos maniatados defiendan con hábiles embozos el interés impuro de estas ligas de cómplices, siempre halla la idea nacional, fruto de hechos notorios, modo de revelarse con imperio,- viene a suceder que nunca es absolutamente libre la liga de los políticos de oficio, y que para mantenerse en el goce de sus provechos, o en la esperanza de recobrarlos, necesita, aunque de paso y con el puñal escondido, hacer como que acata la voluntad de la nación y sólo vive para obedecerla y servirla”.

“Y en esa presión exterior de las ideas, a que se encorva el traficante político como ante el fuego de Otelo la rabia de Yago, entra por mucho, a manera de constante levadura de verdad, el interés general de las localidades, que por supuesto negarían sus votos a los caciques si estos no tuvieran en cuenta las simpatías de los que los mantienen en influjo con el poder de sus sufragios”.

“En política no hay idea viva si no tiene debajo un interés. La virtud es estéril, en política, hasta que los negociantes no toman en ella acciones”.

“Así resulta que, aun cuando por el descuido con que los ciudadanos miran las asambleas primarias, no son ya éstas las que envían arriba su opinión, sino meros instrumentos de votar lo que de arriba se les impone y manda propuesto y declarado, - aun cuando el causcu, que designa en su última expresión de convención nacional el candidato a la Presidencia, no sea hoy más,- sobre todo en las ciudades,-que una reunión de logreros y ganapanes a los que el cacique del distrito hace declarar y nombrar, entre dos vasos de cerveza de convite,-lo que la junta del Estado del partido le ordena que se declare y nombre,-siempre ejerce la opinión exterior, la opinión libre, la opinión que por bochorno, miedo o incuria no asiste al causcus, un influjo real en las juntas superiores, y a veces, como ahora en esta elección de Cleveland, imperante y decisivo. Porque la opinión es como el león, y los políticos de oficio son como los perros. Sólo que no hay que dejarlos crecer tanto que pueda más que el rey del bosque la jauría”.

José Martí


Nuestra América

México, 30 de enero de 1891

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades: ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos "increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con que elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder: y han caído, en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas. Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, vinimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso, que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota de potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.

Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros–de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen, –por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.

Pero "estos países se salvarán", como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos: al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó con lanzón, se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide "a que le hagan emperador al rubio". Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga, en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. "¿Cómo somos?" se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices, y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de ideas. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.

De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pomba de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista, y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre, y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras, ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas: ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno, y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891

José Martí

Edición: Jorge Lezcano Pérez , Ra Cuesta Gutiérrez

Diseño de Portada y composición electrónica: Iraida Fernández Fariñas

Procesamiento digital de texto: Estela Rodríguez Moya

Esta edición consta de 500 ejemplares

4 de febrero de 2005 “Año de la Alternativa Bolivariana para las Américas”